En 2014 supe lo que era el liderazgo femenino gracias a la socióloga y amiga Alicia Kauffman. Me entusiasmó tanto el término, su concepto y filosofía, que organicé en Mazarrón el primer ciclo de Liderazgo Femenino que se hizo en Murcia.
Una nueva forma de acercarse a la realidad empresarial es posible, y se ejerce desde importantes compañías, pero sería una ingenuidad creer que esta filosofía de la empatía, de mujeres que se ayudan entre ellas, de la transversalidad es algo común y general en todos los ámbitos. Ya nos gustaría.
Más allá de este nuevo concepto, sumo otro: el del liderazgo diverso. El del intercambio intergeneracional, interracial, integrador.
No me vale la imagen que ofrecen muchas multinacionales de sus mujeres. Todas cuentan con un perfil similar: altura parecida, peso, talla, color de piel y hasta vestuario. Esta uniformidad es engañosa y no responde a la realidad tan rica y variada de nuestro país, ni del mundo, por supuesto. Escasean aquellas que sobrepasen la cincuentena al frente de una marca. También las de pelo blanco y, por supuesto, las de origen latino o africano.
El prototipo de mujer empresaria es engañoso porque en el mundo real, el de la pequeña y mediana empresa, las hay de todos los colores y edades. En ocasiones, las que llegan lejos son las que han recorrido el camino más largo, tienen a los hijos criados y saben algo de la vida. En ellas encontramos arrugas como surcos que han tejido los días, siluetas que no siempre caben en el uniforme de tallas que nos proponen las exclusivas firmas de moda —cuanto más exclusivas, más excluyentes— ni en las cabezas de cemento armado.
Este canon que nos muestran insistentemente los medios y en campañas de publicidad encajan, quizá, en una comedia de situación, en una teleserie o en una perfecta cuenta de Instagram.
Echo de menos esa diversidad en los eventos donde, supuestamente, se nos representa a todas. Las echo de menos en la mayoría de las candidaturas políticas, en las portavocías de organismos relevantes.
En esta época de omnipresentes redes sociales, la impostura lo inunda: todo es perfecto, todo está en su sitio, cute. Todo son sonrisas y tallas 38.
La realidad la conocemos bien. Para llegar a la sonrisa hay que atravesar horas de soledad y trabajo arduo. Horas de resiliencia, de negativas, de proyectos que confeccionas con pasión y acaban en el cajón.
A veces sí, a veces sucede el milagro y ese proyecto toma forma y es un éxito. Eso es lo que compartimos, pero ¿cómo vamos a vender las horas de frustración? No es emocionante, no es divertido. Sin embargo, creo que debemos hacerlo. Debemos mostrar al mundo que no siempre estamos ni somos perfectas. Hay clientes que nos dicen que no, personas que nos traicionan, amigos incluso. En ocasiones, la competitividad es tan feroz que desaparece esa empatía del auténtico liderazgo femenino.
El éxito es la punta del iceberg, lo que se ve, la meta de una travesía, a veces, muy penosa.
Vender el triunfo es muy positivo, pero de los errores se aprende, y las negativas nos ayudan, quizá, a perfilar un producto que tenemos claro en nuestra cabeza pero que quizá nadie más que nosotras es capaz de ver.
Hay que vender, también, las horas del esfuerzo. Eso es diversidad y escapar del estereotipo.
La seriedad disgusta al algoritmo. Lo siento por él. Es el escalón ineludible. La vida no es una película de humor ni el payasismo de Tik Tok. La vida es como es. A veces, tremendamente complicada, como escalar una pendiente interminable.
Mostrar nuestra vulnerabilidad nos hace grandes. Incluso mostrar nuestro michelín y nuestras patas de gallo.
El liderazgo diverso es el siguiente paso: experiencias multiculturales, intergeneracionales, solo pueden dar estupendos frutos.
Las pasadas semanas se celebró la Cumbre del Clima en Nueva York, y como estandarte y voz visible apareció una Jane Fonda eternamente comprometida con los problemas ambientales. Para mí siempre será y es un referente. Fonda sigue al pie del cañón, da igual la edad que figure en su cuenta de Wikipedia.
Hay que ir más allá. Desafiar lo establecido. Ser positivas siempre —sin perfeccionismos vacuos e irreales— sería lo deseable en el mundo empresarial, donde la mujer de la Región de Murcia sobresale por su inteligencia, pasión y valentía.
Lola Gracia, periodista y escritora.
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