
De niña, crecí viendo a dos mujeres muy diferentes, cada una inspiradora a su manera.
Por una parte, mi madre: el tipo de mamá a la que le podías pedir ayuda en cualquier momento, siempre presente en casa, elegante, atenta, buena cocinera y ordenada.
Por otro lado, mi vecina, una mujer un poco más joven y muy distinta a la mía pero que también tenía un hijo de mi edad. Al igual que mi madre era una señora elegante, llevaba siempre un maletín y tacones, lo recuerdo perfectamente; a diferencia de mis hermanos y yo, sus hijos iban desaliñados de vez en cuando. Algún faldón por fuera, algún cabello revuelto… cosas sin demasiada importancia, pero efectivamente, había diferencias.
Los niños no somos muy conscientes de estas cosas, pero sí veía las miradas de otras mamás. Había cierta reprobación aun cuando nadie decía nada en voz alta. Y entre los más pequeños los comentarios solo existían cuando alguna mami llegaba la última a recogerte. Ahí sí recuerdo la sensación de mirar a mi vecino y pensar… pobrecillo, claro, su madre no es tan “perfecta”.
Y muy segura de que esto no estaba bien, se me ocurrió comentarlo en voz alta con mi madre, y ahí sucedió algo que hoy sigo recordando: me cogió fuertemente del brazo y me hizo esperar en un banco sentadas hasta ver a pasar a mi vecina. Fue ahí cuando me dijo:
– Mírala bien. ¿Qué ves?
– Pues qué voy a ver mami, a nuestra vecina, que llega tarde.
– Mira mejor -me dijo-. Ella es una mujer fuerte, independiente, trabaja fuera y
dentro de casa tanto como puede. Es una mujer trabajadora. Es libre. Y ella
decide qué es más importante. ¿Y a que siempre sonríe? Me preguntó.
Medité algunos segundos y respondí afirmativamente. Sí, siempre se la veía feliz.
Cuando pasaron unos segundos mi madre añadió:
– Fíjate en ella y recuerda cómo es. Quiero que sea un reflejo en el que te mires.
La vida te dará oportunidades y depende de ti elegir la mujer que quieras ser. Da
igual si eliges una cosa u otra, nunca serás perfecta para el mundo, pero siéntete
libre de ser tu mejor versión.
Aquel día entendí dos cosas fundamentales. La primera, que no había un solo modelo de mujer ni un único camino correcto; y la segunda, que mi madre, sin las mismas oportunidades que yo estaba disfrutando, sabía perfectamente lo valioso que es ser independiente y libre, y me impulsaba a serlo.
La idea que sembró mi madre aquel día sigue resonando en mí. Y tras décadas de
trabajo cerca de grandes mujeres me pregunto cuántas de ellas fueron inspiración sin saberlo para sus pequeñas vecinas. Hoy, cuando me miro al espejo, reconozco en mí grandes reflejos de mi madre que conviven felizmente con mucho de lo que definía a mi vecina.
Cada una de nosotros somos una suma de nosotras mismas y nuestras circunstancias, y vivimos en una era que nos desafía a visibilizar aún más nuestras historias y logros. Las mujeres de hoy, sea cual sea el rol que elijamos desarrollar, tenemos a nuestra disposición todas las herramientas del mundo para inspirar a otras personas. Rompe la primera barrera interna: tu miedo a ser auténtica.
Es natural sentir miedo a ser juzgadas, pero si no somos nosotras quienes contamos nuestra historia, alguien lo hará por nosotras. Con lo que no hay que darle demasiada importancia a qué dirán cuando alces la voz… si vives en sociedad probablemente ya comenten de tus hazañas aun sin tú saberlo. Así que permítete ser tú quien cuente tu propia historia.
Desafiemos las dudas y hagamos un pacto interno para ser nuestras mayores defensoras. Fingir la perfección debe ser agotador y ver pasar la vida sin participar en ella es como ir a una feria y no disfrutar de ninguna atracción. Por eso me encanta animar a todo el mundo a contar su historia, a buscar su propósito y contarlo al mundo.
¿Por qué no hablar con autenticidad? Cuando nos mostramos reales -incluso
vulnerables-, conectamos con los demás a un nivel mucho más profundo y creamos relaciones de confianza. Las historias reales son, siempre, las más inspiradoras.
¡No te guardes la tuya! Estamos deseando escucharla. Y si necesitas un par de claves para poder contarla con seguridad y disfrutarlo, ya sabes… aquí estoy para ayudarte.
Azucena Marín, CEO Comunicología
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