Estos días en los que el amor parece flotar a nuestro alrededor, vemos más ramos de flores que nunca por la calle, escaparates inundados de rojo y todos nos volvemos locos por encontrar ese detalle que haga de San Valentín una fecha especial, nosotros queremos ir más allá y preguntarnos, ¿qué pasa en nuestro cuerpo cuando aparece el amor? ¿Por qué actuamos, además, de este modo (algo compulsivo) en San Valentín? ¿Por qué lo llaman el Día del Amor con mayúsculas? Hablamos con Lorena Belmonte, doctora en psicología y directora en Clínica Unitas:
BW. Cuando aparece el amor, ¿qué ocurre realmente en nuestro cuerpo y por qué hablamos de química emocional?
LB. Cuando decimos «tenemos química», no es una metáfora poética: es biología pura. El enamoramiento activa en el cerebro el sistema de recompensa, el mismo circuito que se enciende cuando algo nos genera muchísimo placer. Se libera dopamina, aumenta la activación, y nuestro foco atencional se estrecha: esa persona empieza a ocupar un espacio central en nuestra mente. Por eso el amor se siente físicamente. Aumenta la frecuencia cardiaca, hay sensación de energía, dificultad para dormir, «mariposas» en el estómago… No es solo emoción: es una experiencia neuroquímica completa. El amor no solo se piensa. Se procesa en el cerebro y se manifiesta en el cuerpo.
BW. ¿Qué hormonas entran en juego en el enamoramiento y cómo influyen en cómo pensamos, sentimos y actuamos?
LB. En la fase inicial predominan tres grandes protagonistas:
• Dopamina: es la molécula del deseo y la motivación. Nos impulsa a buscar, repetir, acercarnos.
• Noradrenalina: eleva la activación, la energía y esa sensación de intensidad casi eléctrica.
• Serotonina (que suele disminuir): por eso aparecen pensamientos recurrentes, casi obsesivos.
Más adelante entran en juego otras sustancias clave como la oxitocina, vinculada al apego y a la sensación de seguridad, especialmente con el contacto físico. Lo interesante es que esta combinación química explica comportamientos muy humanos: idealización, atención selectiva, impulsividad emocional… En cierto modo, el enamoramiento reduce temporalmente nuestro juicio crítico. No es que «no veamos», es que nuestro cerebro prioriza el vínculo.

BW. ¿Es el rojo realmente el color del amor? ¿Puede influir en nuestras emociones o el deseo?
LB. El rojo no es casual. Es un color que aumenta la activación fisiológica y capta más la atención que otros tonos. En estudios de percepción social se ha visto que puede asociarse con mayor atractivo en determinados contextos. Ahora bien, el significado del rojo también es cultural: lo asociamos a pasión, intensidad, erotismo. Y esa asociación simbólica influye en cómo lo percibimos. El color no crea el amor, pero puede amplificar la sensación de intensidad.
BW. ¿Por qué en las primeras fases del enamoramiento todo se vive con mayor intensidad?
LB. Porque se combinan tres factores potentes:
1. Novedad (que activa el sistema de recompensa).
2. Alta dopamina.
3. Proyección psicológica.
En las primeras fases no solo conocemos a la otra persona: proyectamos en ella deseos, expectativas E ideales. El cerebro completa los espacios vacíos con ilusión. Por eso todo parece más intenso, más urgente, más absoluto. No es debilidad emocional: es un estado neurobiológico de alta activación.
BW. Con el paso del tiempo, ¿cómo cambia esa química inicial y qué claves ayudan a mantener la conexión emocional?
LB. La química no desaparece. Se transforma. Disminuye la euforia dopaminérgica inicial y gana peso el sistema del apego: más oxitocina, más calma, más estabilidad. Pasamos de la pasión explosiva a la intimidad consciente. Y aquí es donde empieza el amor adulto.
Para mantener la conexión emocional es clave:
• Introducir pequeñas dosis de novedad compartida (la novedad reactiva la dopamina).
• Cuidar el contacto físico.
• Hablar explícitamente de emociones.
• Mantener espacios individuales.
• Practicar el reconocimiento y la admiración mutua.
«El amor maduro no es menos intenso: es menos caótico y más profundo», concluye.
Más sobre bienestar aquí.





