Los fármacos para perder peso están viviendo un auténtico boom. Los conocidos como GLP-1 (imitan una hormona intestinal que regula el apetito y el azúcar en sangre) han cambiado la forma de abordar la obesidad y han ganado una enorme popularidad por su capacidad para reducir el apetito. Pero ¿qué ocurre realmente en nuestro organismo cuando los utilizamos? ¿Cómo afectan al intestino? ¿Y qué papel juega nuestra microbiota?
Para entender mejor cómo funcionan y, sobre todo, qué debemos tener en cuenta antes y durante el tratamiento, hablamos con nuestra nutricionista de confianza, Anto Martínez, dietista-nutricionista y coach nutricional.
Una de las primeras cosas que nos aclara es que reducir el apetito es solo una parte de lo que hacen estos medicamentos.
“Los fármacos conocidos como GLP-1 imitan una hormona que nuestro intestino libera cuando comemos. Esa hormona envía un mensaje directo al cerebro del tipo: ‘ya es suficiente’”.
Pero su acción no termina ahí. También intervienen en la regulación de la glucosa y ralentizan el vaciamiento gástrico. “Es decir, coordinan cerebro, páncreas e intestino”.
Por eso, Anto insiste en que “no estamos ante simples ‘supresores del hambre’, sino ante medicamentos que actúan sobre la biología profunda del metabolismo”.
También pueden tener otros efectos sobre la salud. “Mejoran la sensibilidad a la insulina, reducen inflamación metabólica de bajo grado y tienen efectos cardiovasculares protectores demostrados”.
¿Y qué ocurre con el peso? “Ensayos clínicos publicados en revistas como The New England Journal of Medicine muestran pérdidas de peso de entre el 10–15% o incluso superiores. Además, ayudan a reducir el riesgo cardiovascular y mejoran enfermedades asociadas como diabetes tipo 2 o hígado graso”.
¿Y qué hay de la microbiota?
Si hay una palabra que hemos incorporado a nuestro vocabulario en los últimos años es microbiota. Y cuando hablamos de metabolismo y peso también tiene mucho que decir.
“La microbiota intestinal es considerada un auténtico órgano metabólico. Participa en la extracción de energía de los alimentos, produce metabolitos (sustancias) que influyen en el apetito y regula la inflamación sistémica”.
Cuando ese equilibrio se altera aparece la denominada disbiosis. Anto explica que “cuando existe disbiosis (alteración del equilibrio de la microbiota) aumenta la permeabilidad intestinal y la inflamación de bajo grado, factores vinculados con resistencia a la insulina, aumento de peso y grasa corporal”.
Eso no quiere decir que nuestra microbiota determine cuánto pesamos. “No es determinante, pero sí modula gran parte del escenario metabólico”.
¿Puede nuestra microbiota influir en cómo nos sientan estos fármacos?
Aquí entramos en uno de los terrenos que más se están investigando. La ciencia todavía no permite establecer una relación definitiva, pero ya existen indicios interesantes.
“Cada vez hay más indicios de que sí. Aunque todavía no podemos afirmarlo de forma definitiva, estudios recientes sugieren que la microbiota podría modular la respuesta metabólica y la tolerancia gastrointestinal. Si la microbiota es diversa y funcional, la respuesta metabólica podría ser más favorable”.
También existen diferencias importantes entre unas personas y otras. “En consulta vemos gran variabilidad: personas que pierden peso de forma notable y otras que responden de manera más discreta”.
Genética, hormonas, comportamiento y factores intestinales pueden explicar parte de estas diferencias. Sin embargo, todavía queda camino por recorrer: “Aún no podemos predecir quién responderá mejor basándonos solo en la microbiota, pero estamos entrando en una era de medicina metabólica más personalizada”.
Náuseas, hinchazón o estreñimiento ¿qué está pasando?
Son algunas de las molestias que pueden aparecer al comenzar un tratamiento con GLP-1 y, aunque su causa principal está relacionada con la propia acción del medicamento, el estado previo del intestino también puede influir.
“Los síntomas se deben principalmente al retraso del vaciamiento gástrico y a cambios en la motilidad intestinal, pero si existe una microbiota alterada, por ejemplo, con tendencia a producir más gases o con tránsito irregular, los síntomas pueden intensificarse”.
Una microbiota menos diversa o alterada puede favorecer también una mayor inflamación intestinal, producción de gases o problemas de tránsito. “Puede que no sea la causa principal, pero va a estar implicada”.
¿Podemos preparar nuestro intestino antes?
Para Anto, tiene sentido llegar al tratamiento con una buena salud intestinal. Y no estamos hablando de hacer dietas detox ni de recurrir a soluciones milagrosas.
Aumentar progresivamente la fibra, mejorar la alimentación, corregir previamente problemas de estreñimiento o diarrea, reducir los ultraprocesados y el exceso de azúcares y mantener una hidratación adecuada son algunos de los hábitos que recomienda.
“No se trata de ‘desintoxicar’, sino de crear un entorno metabólico más favorable”.
¿La alimentación más recomendable? Nuestra conocida dieta mediterránea, basada en frutas, verduras, hortalizas, legumbres, cereales integrales, frutos secos, aceite de oliva virgen extra, carnes magras y pescados blancos y azules.
“Este tipo de alimentación aumenta la diversidad bacteriana, clave en la regulación del metabolismo y la inflamación”.
Si aparecen gases o mucha distensión, también puede ayudar optar por preparaciones sencillas, aumentar la fibra soluble, mantener una correcta hidratación y elegir alimentos cocinados frente a crudos. Por el contrario, Anto recomienda evitar las comidas muy grasas, abundantes y los ultraprocesados para reducir las molestias intestinales.
¿Y tomar probióticos?
Es otra de las grandes preguntas cuando hablamos de microbiota. Pero, una vez más, no existe una recomendación que sirva para todo el mundo.
“Algunos probióticos podrían ayudar en casos de estreñimiento, distensión y gases, pero la evidencia específica en pacientes tratados con GLP-1 aún es limitada”.
En el caso de los prebióticos naturales, es decir, la fibra presente en los alimentos, existe un respaldo científico mayor, aunque Anto recuerda que las recomendaciones deben individualizarse según cada caso.
Error básico: comer demasiado poco
La disminución del apetito puede llevar a cometer uno de los errores más habituales durante estos tratamientos: comer demasiado poco.
Anto advierte de que esto puede provocar una bajada de peso demasiado rápida y una pérdida importante de masa muscular. También señala otros errores frecuentes, como descuidar la ingesta de proteínas, beber poca agua, abusar de productos “light”, bajos en grasa o ultraprocesados y pensar que el medicamento hará todo el trabajo.
Porque perder peso no debería ser el único objetivo.
“Es importante destacar que el tratamiento farmacológico es una herramienta a tener en cuenta en casos concretos, pero la alimentación, el aprendizaje, el ejercicio físico y el descanso siguen siendo los factores determinantes para cuidar la salud y el bienestar físico y emocional”.
Y Anto lo resume con una idea que debería acompañar cualquier tratamiento de este tipo: “El objetivo es claro: que los resultados y el cambio de hábitos sean efectivos y duraderos en el tiempo”.
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